Con la llegada de los coches autónomos, se están abriendo muchas lineas de debate que hasta el momento ni siguiera se nos habían pasado por la cabeza, una de ellas, y la que está generando más entradas de blogs, estudios y comentarios en redes es la que trata sobre le ética y la moral que implica que el coche tome decisiones en momentos de vida o muerte.
Explicamos…
Hasta ahora, ante una situación de peligro al volante, la solución era relativamente fácil, el instinto respondía por nosotros y podíamos valorar en pocos segundos diferentes alternativas para evitar un mal menor, con la aparición de los coches autónomos, esta toma de decisiones planea una serie de debates éticos y morales que nos hacen replantearnos la situación y nuestra percepción de la realidad.
En caso de accidente, el instinto humano actúa para preservar la propia vida o la del ser querido, cuando le quitamos el factor humano a la conducción, debemos tener muy claros los parámetros que se le van a dar al coche y sobretodo, quién va a dar esos parámetros para saber que vida debe prevalecer llegado el momento, lo que se resume en unas preguntas muy concretas:
¿Debería tu coche autónomo matarte si así salva la vida de más personas?
Los coches inteligentes estarán programados para cumplir las normas y evitar accidentes, pero en caso de imprevisto, ¿debe primar la seguridad del conductor o buscar el mal menor?
Estas preguntas no son más que una evolución de un dilema ético que ya planteó en su día la filosofa británica Philippa Foot pero en otro entorno, ese dilema es el llamado dilema del tranvía. El enunciado es el siguiente:
«Imagínate que conduces un tranvía y unas decenas de metros más adelante ves un grupo de seis personas atadas a la vía. Puedes cambiar de vía con solo accionar una palanca, pero en la otra vía también hay otra persona, en este caso solo una, atada a ella. ¿Debería accionarse la palanca? De hacerlo salvarías más vidas, pero estarías terminando activamente con una, mientras que de no hacerlo moriría más gente pero tú no estarías haciendo nada.»
Décadas después de su formulación, esta pregunta sigue sin respuesta clara ni definida, pero sirve de base para los debates ético-tecnológicos que están naciendo a raíz de la aparición de los coches autónomos:
¿Cómo se programará uno de estos vehículos autónomos para actuar en una situación en la que un accidente sea inevitable? Una rueda pinchada, una superficie deslizante, un error humano de otro coche…
Si tiene que decidir entre chocar con un autobús escolar o estrellarse violentamente contra un muro, ¿qué debería estar predeterminado a hacer? ¿Debería tomar la decisión que proteja a su conductor? ¿O debería elegir el mal menor, aunque ese mal menor sea la vida de sus pasajeros?
¿quién debe ser el responsable de los accidentes que puedan ocurrir, el fabricante o el conductor?
Patrick Lin, director del grupo de Ética y Ciencias Emergentes de la Universidad Politécnica del Estado de California se pregunta en Wired si no habría que dejar que sean los clientes los que fijen la configuración ética al comprar uno de estos coches. Quizá uno de ellos determine que es su vida el bien máximo a proteger en caso de posible accidente; otro puede preferir valorar el bien común por encima de todo; otro, que se enfoque a evitar cualquier problema legal o responsabilidad económica… «Según una encuesta, el 44% de los conductores preferiría contar con esta opción, mientras que el 12% querría que esos ajustes quedasen en manos del fabricante. ¿Entonces, por qué no dar a los clientes lo que quieren?»
Pero se trata de una cuestión compleja que no deja de tener implicaciones éticas para los fabricantes porque, ¿cuáles serían esos ajustes? “Imagina, por ejemplo, que permitan elegir salvar coches híbridos antes que camionetas que consuman mucha gasolina, o motoristas con casco antes que a motoristas sin casco. O más difícil, que salven a niños antes que a ancianos, o a hombres antes que a mujeres, o a ricos antes que a pobres…”.
En un accidente que requiera elegir a una víctima sobre otra, explica Lin, el fabricante seguirá considerándose responsable por dar al usuario la elección de una cosa sobre otra, “es decir, la opción de discriminar a un tipo particular de conductor o persona”. Al fin y al cabo, en la circunstancia de un accidente inevitable, salvar o valorar más una vida significa elegir otra como víctima.
“Con los coches autónomos estamos tratando de diseñar eventos aleatorios que antes no teníamos determinados, y eso nos lleva a territorio surrealista. No está claro qué es arriba y qué es abajo, ni qué está bien ni mal. Pero la tecnología es poderosa, y nos va dando el control para instaurar el orden sobre lo que antes era instintivo o caótico. Y eso supone una nueva responsabilidad para que nosotros hagamos las cosas bien”, concluye Lin.
El debate está encima de la mesa y la polémica servida. Es el momento de empezar a buscar respuestas y soluciones.
Fuente: www.elconfidencial.com


